Los sueños iban a esconderse
debajo de la almohada,
mientras el sol, riendo,
me hacía cosquillas para despertarme.
Era domingo por la mañana, antes del mar,
y ya en la calle se oían voces
una voz cantaba, clara y lejana,
como un canto de agua contra la piedra.
¡A esta hora te restauran! ¡A esta hora te refrescan!
¡A esta hora te restauran! ¡A esta hora te refrescan!
Las estrellas, tímidas, se retiraban
una a una, al vientre del cielo.
La luna apagaba su luz y se iba a dormir.
En verano, los domingos por la mañana,
son las voces las que remueven el sueño:
hay quien vende moras que manchan los dedos,
y quien reparte pan que humea entre manos ásperas.
¡A esta hora te restauran! ¡A esta hora te refrescan!
¡A esta hora te restauran! ¡A esta hora te refrescan!
¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!

